Toni Rotger. Impulsor de la cultura popular en la calle. Con él regresó sa Rua

A Toni Rotger le gusta el carnaval, el aire levantisco del disfraz. Foto: L. Durán

He sido un víctima del intervencionismo y la oficialización de la cultura

La maquinaria de la cultura oficial engulle a personas como Rotger, un pionero en los festejos del común

LOURDES DURÁN. PALMA. Luce aún cabello y barba rojas tras el tintado que se hizo para convertirse en Jaume I en la sátira Don Jaume I el Conquistador, de Serafí Pitarra, pero Toni Rotger no es actor. Sus miras siempre han estado en “hacer cultura democrática” que, precisa, “no es lo mismo que democratizar la cultura; que es lo que hace el poder”. Rotger es uno de los personajes más carismáticos de Palma, concretamente de sa Calatrava. A él se le deben el regreso de sa Rua a la calle, los embriones del Festival de Teatro y la recuperación de las fiestas populares en su barrio. En sa Fábrica se gestó todo. Ahora, a sus 66 años, le relega la oficialidad, pero sus amigos y su propio tesón le mantienen en actividades como el Museo del Humor, entre otras.

–¿Qué queda de aquella Palma contestaria, irreverente y de cultura callejera?

–Te puedo hablar básicamente de sa Calatrava, un barrio muy popular, de trabajadores de pieles, que convivían con los de alcurnia como los Alcover, Maura, pero todo eso ha cambiado mucho, ha venido a vivir aquí gente con dinero y ha cambiado el sistema de convivencia. Cuando oigo ´hemos limpiado el barrio´, me entran escalofríos. ¡Eso es reaccionario! Dicho todo esto, me ponen de los nervios las posturas nostálgicas. Lo que han cambiado son los hábitos. Los niños ya no juegan en la calle, juegan con ordenadores. Cuando oigo ´cómo ha cambiado´, les digo: ¡Pues claro, qué puñetas, sobre todo nosotros, éramos jóvenes!

Y activos. Desde aquí surgieron revistas como ´Lavativa´, la imprenta Es Pes de la Palla, embrión de la cultura popular de los 70, teatro en la calle…
–Sí y aquí surgieron los primeros grupos ecologistas, las primeras asambleas de mujeres, la toma de la Dragonera, pero qué quieres, yo no soy un lletraferit, me he hecho en la calle. A los 13 años empecé a trabajar en la Casa del Hierro en la Costa del Duro y llegué a ser encargado. Después de aquello, la Obra Cultural Balear se quiso involucrar con la sociedad mallorquina. Se convirtió en los 70 en el refugio de muchos. Yo estuve allí y era el último mono, pero me consultaban. Palma fue un hervidero de iniciativas con personas como Bernat Homar, de Llibres Mallorca, Toni Maria Thomàs, en teatro, Pere Pavía, que trajo a Tamarit.

Imposible resumir, pero es inevitable recordar la representación de ´La torna´ de Els Joglars y la recuperación de sa Rua.
–Yo tenía contactos con Comediants y Els Joglars. Cuando éstos vinieron a Palma fui a verlos, y sólo hubo cuatro gatos en el Auditorium. Era octubre. Me resultaba incomprensible que para las fiestas de Sant Sebastià sólo se diera una conferencia y un recital, y yo les dije a Miquel Duran y Roman Piña, que estaban en Cort, que esto no eran fiestas populares ni nada. Les hablé de teatro de calle pero no entendían de qué les estaba hablando. Con todo, conseguí que Comediants montaran Catacrac en la plaza Major. Fue un éxito. En el año de La torna conseguí colocar una pequeña tarima en la plaza de Santa Fe. Estuvo a tope pese a estar vigilados por los de la Social y tener denuncias. Con los socialistas ya se oficializó la cultura de una manera más clara, y con el PP, ni te cuento. Me cuesta decirlo, pero he sido una víctima de ello.

–¿Víctima de la normalización?
–Del intervencionismo en la cultura. A ver, cuando llegaron los socialistas a Palma, ya habíamos recuperado a los xeremiers de sa Calatrava y Miquel Àngel Llonovoy empezaba. Ramon Aguiló nos cogió como grupo de animación, no subvencionados, que quede claro, pero esperábamos que el poder asumiera ciertas cosas y en lugar de eso se impuso el intervencionismo, que aún sigue. Un ejemplo claro es sa Rua. En sa Calatrava hicimos el carnaval con apenas medios. En los 80 ya se apuntó más gente y conseguimos 75.000 pesetas para los carteles y pagar a Leo Bassi para hacer espectáculo. Un año después, Joan Nadal nos comunicó que Cort se encargaría de sa Rua. No fue democrático, pero no nos arredramos e hicimos una convocatoria popular. La oficialización de la cultura es una manera de controlar y de mostrar que los recursos sólo son de ellos, el poder. ¿Qué se está haciendo con tanta infraestructura levantada, qué pasa con la tomadura de pelo de la plaza de la Artesania? Ahora Cort le entrega a empresas privadas lo que fue del barrio.

–¿Qué opina de Aina Calvo?
–Me gusta y su modelo de ciudad, también, pero está condicionada como todos los políticos. Eso de las comisiones, que tanto le gustan a Grosske, es otra manera de tener a la gente controlada

Diario de Mallorca

05/04/2010

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