Odisea de héroes: Batallón Mackenzie-Papineau

 
 
Para los Brigadistas Internacionalistas Mackenzie-Papineau la guerra terminó antes de la caída de la República española en manos del fascismo, que se adueñó así de toda España. Para estos héroes de la solidaridad y el internacionalismo el último adios como soldados tuvo lugar en Marça, Falset y Barcelona, allí formaron militarmente por última vez y así pasaron a la historia. Tuvieron el honor de participar en uno de los acontecimientos más importantes del siglo XX, la Guerra Civil española. Para los brigadistas canadienses sobrevivientes, su regreso al Canadá no fué acogedor, sino tiempos dificiles. Otros soldados canadienses sobrevivientes de otras guerras tuvieron buena acogida, no éstos, que fueron recibidos solamente por los hombres y mujeres que creyeron en la liberación y en la República y sabían bien que estos soldados eran soldados ejemplares, aunque este país suyo les negara por el resto de sus vidas su bien merecido reconocimiento, reconocimiento que de todas maneras les daría la historia.
Despedida de las Brigadas Internacionales

Acomiadament de les Brigades Internacionals

Fue en febrero de 1939, en pleno invierno canadiense, que llegaron aquí, al puerto de Halifax en la costa atlántica de este país gigante, para ser muy mal recibidos por las autoridades pero muy bien recibidos por la gente común que los esperaba ese día invernal. Los sobrevivientes, 270 soldados Brigadistas Internacionalistas del Batallón Mackenzie-Papineau, veteranos todos de la Guerra Civil española, nobles guerreros antifascistas que integraron las fuerzas internacionalistas sobrevivientes en solidaridad con el pueblo de España. Ellos serían los primeros, otros contingentes menores arribarían después. Llegaron a este mismo puerto cuyas dársenas han sido testigo de otras llegadas, de la llegada de miles de marinos, de la llegada de inmigrantes europeos y soldados canadienses sobrevivientes de la Primera Guerra Mundial, y de la llegada de más de cien mil niños británicos –muchos huérfanos que arribaran entre 1868 y 1930 parte de la campaña británica “salve un niño y ayude al imperio” que enviaba a los hijos más necesitados del imperio a las colonias, en parte para mantener el “stock” blanco. Fueron los menores víctimas de los estragos que en las ciudades sufría la gente común, ciudades sufrientes del “apogeo” industrial de la Inglaterra victoriana. Niños vulnerables que terminarían siendo mayormente abusados y trabajando como esclavos, mano de obra barata en este país, todo bajo el irónico lema de protegerlos y proteger al imperio británico.

Cartell - Brigades Internacionals

La historia de los Brigadistas Internacionalistas, parecería fuera otra historia. Bajaron de un barco con bandera de la República española condenada. Sus rostros cansados, aunque seguramente muchos alegres de haber retornado, indicaban quizás que traían encima lo que deja una guerra perdida, incertidumbre sobre el futuro, tristeza de la derrota que se veía ya inevitable, la pérdida de compañeros entrañables y la experiencia de enfrentarse y matar o que te maten. Muchos canadienses los admiraron, incluso la ciudad de Montreal también les hizo un gran recibimiento, a pesar de que en ella abundaban sus enemigos en parte debido a la influencia fascista de la iglesia católica que dominaba en esos años en Quebec. Pero las autoridades y los ricos en Canadá no les daban la bienvenida, ya en 1937 el Parlamento canadiense los había dejado fuera de la ley, como si fueran criminales o indeseables, y esta ley fue un instrumento que la policía federal usó desde el mismo momento de su retorno en su contra, y que comenzara con una ridícula y maliciosa actitud de desconfianza desde que imaginaban que los sobrevivientes usarían el servicio médico del país para tratar sus heridas, que eran muchas, y con esto la polícia canadiense argumentaba sin empacho en contra de estos soldados heridos que serían una carga pública. Fue el comienzo de una vigilancia y una persecución por parte de los servicios policiales y de la inteligencia canadiense, que duraría décadas y que sería muy bien documentado en los archivos oficiales de la policía federal y en el libro del escritor canadiense Michael Petrou. [1]

Desfilada de brigadistes

Tanta persecusión injusta tiene su historia que se origina en las últimas décadas del siglo XIX y tiene raíces en el movimiento sindical de este país. Para 1872 había sido aprobada en Canadá la Trade Union Act, que permitía la afiliación sindical y la formación de sindicatos, caracterizada como actividad lícita pero que no establece mecanismos para implementar estos derechos que obligaban a los dueños de empresas a negociar y firmar contratos colectivos con los sindicatos. Por ello hubo muchas huelgas y acciones directas por parte de los trabajadores canadienses por muchos años. Los primeros sindicatos en Canadá datan de 1812, se trata de los trabajadores especializados de St. John, en New Brunswich. También los mineros se organizan afiliándose a través de todo Canadá, mineros trabajadores de cientos de minas mayormente de carbón, en la United Mine of America y desde su organización dan una constante batalla en favor de sus derechos. Batallaron también los trabajadores industriales, los del transporte y los de las imprentas, en especial en Toronto y Vancouver. La represión policial y de las milicias organizadas por los dueños de empresas y ricos fue seria, muchos trabajadores fueron asesinados, encarcelados y hasta expulsados del país si eran inmigrantes, y la represión fue en aumento a medida que crecían los sindicatos y las organizaciones políticas de izquierda. Entre estas últimas, que existen desde 1880 cuando se organizan los Clubes Nacionalistas y luego la Liga Socialista, están el Partido Socialista Laborista y el Partido Socialista de Canadá. Para 1911 la organización anarquista Industrial Workers of the World (IWW) da nuevo impulso al movimiento sindical y por lo tanto aumenta la represión policial. Para 1919 en el oeste se organiza un sindicato único (One Big Union) que llama a la huelga general en una concentración en la ciudad de Winnipeg donde había enrolado a 50.000 trabajadores, la represión dejó victimas en la concentración. Para 1921 se forma el Partido Comunista canadiense, que llega a tener una fuerza importante en el movimiento sindical y representates en el aparato legislativo de algunas provincias. Para los años treinta surge nuevamente otro frente socialista y sindical importante, Cooperative Commonwealth Federation ( CCF ). Los trostkistas, que existian desde 1928, forman para 1946 el Revolucionary Worker Party (RWP). Canadá era un país muy activo políticamente y las fuerzas de izquierda desafiaban al sistema dominante constantemente.

Los Brigadistas Internacionalistas canadienses no habían salido de la nada, eran parte de un desarrollo político, y ellos mismos conocieron y experimentaron todo esto, incluso la represión brutal y la vergonzosa existensia de campos de prisioneros en 1917 y de nuevo en 1932. En su mayoría los Brigadistas eran izquierdistas activos que conocían el fascismo en casa, motivo principal por el que se habían enrolado como voluntarios para cruzar el océano y luchar en defensa de la República española, en contra del fascismo que crecía y se fortalecía en Europa. Fue por esto que a su regreso al país estarían en la mira de los ojos vigilantes de los fascistas canadienses por, practicamente, el resto de sus vidas. La policía federal de Canadá presionaba continuamente al gobierno de turno para procesarlos por haber sido parte del Batallón Makenzie-Papineau, no se llevó a los tribunales simplemente porque ningún político se atrevió por el desprestigio que significaría, debido a la gran popularidad y admiración del pueblo canadiense por estos soldados de la solidaridad, los más legítimos luchadores antifascistas existentes. Cuando Canadá declara la guerra a Alemania, durante la Segunda Guerra Mundial, muchos veteranos internacionalistas se enlistan como voluntarios para volver a pelear en Europa contra los nazis, pero la mayoría de ellos son rechazados, acusados de radicales, agitadores y desconfiables. Algunos superan la censura, como el ex comandante del Batallón Mackenzie-Papineau, Edward Cecil-Smith, un soldado excelente con una rica experiencia en el frente de batalla que fue reconocido por los jefes del ejército canadiense, pero quien, sin embargo, luego de un corto tiempo de servicio es dado de baja y devuelto a Canadá.

Brigadistes anglesos de la centuria Tom Mann

The Canadian Legion (Legión Canadiense), la asociación que afilia a todos los veteranos de guerra, no permitió la afiliación de los veteranos del Mackenzie-Papineau, que tuvieron que crear su propia organización de veteranos de guerra para seguir contribuyendo a la lucha contra la dictadura de Franco. Pero las autoridades policiales y políticas del país les impidieron legalizar su organización, todos ellos incluídos en las listas negras del poder, listas que crecieron enormemente en los años 50 con el comienzo de la Guerra Fría.

Con los años los Brigadistas Internacionalistas de este país se fueron transformando en una historia oculta, prohibida en la educación, en los medios de información y en los poderes políticos. Para los años 70, cuando quedaban un par de docenas de estos héroes olvidados que tenía ya entre 60 y 70 años de edad, vuelven a intentar registrar formalmente su organización con el fin de solidarizarse con el restablecimiento de la democracia en la España franquista. Su solicitud la hicieron durante el gobierno de Pierre Trudeau, el más famoso político canadiense que fuera siempre presentado como hombre progresista, nacionalista, inteligente. Pero su gobierno también se negó a la formalización de la organización con la excusa de que estos veteranos estaban vinculados al Partido Comunista canadiense y que perjudicarían las relaciones con la España de Franco. La policía canadiense mantuvo los archivos de los 1.200 veteranos internacionalistas hasta 1984, cuando sólo estaban vivos unos 150 de ellos, la mayoría de ellos no pertenecía al Partido Comunista canadiense.

Vicente Rojo, Juan Modesto, Juan Negrín y Enrique Líster en el acto de despedida de las Brigadas Internacionales en Barcelona

Como casi todas las “democracias occidentales,” Canadá fingió neutralidad no denunciando la descarada intervención de la Alemania nazi, ni de la Italia de Mussolini en la Guerra de España. Como el resto de las mentadas “democracias”, Canadá no apoyó, ni ayudó en nada a la República española en su momento de necesidad, cuando su institucionalidad peligraba bajo el ataque de las fuerzas fascista extranjeras y nacionales bajo el comando de Franco. Por el contrario muchas entidades corporativas de estos paises “democráticos” suministraron apoyo económico, implementos y combustibles, como lo hizo la Texas Oil Company americana. Las élites y algunos sectores de las clases medias en Estados Unidos y Europa, simpatizaban con la Alemania nazi y con la Italia fascista, hasta el momento mismo en que éstas se vuelven contra ellos. Casi todos los paises occidentales desarrollados, a pesar de haber participado en la Segunda Guerra Mundial y haber perdido millones de soldados y civiles a manos del fascismo, miraron con desprecio el intento legítimo de la República española de defenderse aunque ésta fue un gobierno legítimamente elegido por su pueblo. Pero aunque Canadá no tuvo problema alguno en recibir a miles de nazis como inmigrantes al final de la guerra, sí continuó vigilando y persiguiendo a quienes lucharon contra el fascismo, en particular si habían pertenecido o simpatizaban con organizaciones de izquierda [2] . Para finales de los años 40 se implementa en Canadá un estado de bienestar a inicios de la Guerra Fría, se dan ciertas reivindicaciones sindicales, sociales y económicas exigidas por los trabajadores pero a cambio de éstas muchos dirigentes de organizaciones laborales se hacen cómplices en desprestigiar izquierdistas y pensamientos socialistas.

El descaro de las llamadas democracias occidentales de Europa y Estados Unidos no ha tenido limites, asi como favorecieron el crecimiento del fascismo en contra de la España Republicana, favorecen durante los últimos 60 años dictaduras criminales en Asia, Africa y América Latina, dictaduras que no habrían sobrevivido un día sin su apoyo. Para cubrir su complicidad, muchos países del llamado Primer Mundo han recibido algunos de los refugiados que escaparon de las cacerías humanas implantadas por ellos mismos y sus regímenes amigos. Pero los proyectos populares que emergen en el Tercer Mundo tratando de proteger a sus ciudadanos y buscar equidad son atacados, como fue atacada la República española. Como tiburones, los mandamases del mundo tratan de devorar a cualquier lider que se proponga la liberación de los pobres del mundo, y para ello hacen uso de los más sucios métodos a su alcance. Asi, cuando presidentes, primer ministros o reyes del Primer Mundo se pavonean en foros mundiales disfrazándose de “defensores de la civilizacioin, la democracia y los derechos humanos,” que es quizás el escenario mas cínico y grotesco que nos presentan, no debemos olvidar los crímenes que han cometido contra quienes han luchado realmente por los derechos humanos y la democracia popular. A través de los siglos las élites dominantes que los falsos demócratas representan han tratado de destruir los derechos y los espacios liberadores que los pueblos y sus hijos han logrado en la historia. Son espacios defendidos por luchadores y luchadoras, que como los Brigadistas Internacionalistas del Mackenzie-Papineau defendieron en España. Se paga un precio alto por cualquier lucha justa pero el dinamismo de la historia nos asegura que no falten quienes tomen los puestos de combate que se abren. Asi como lo hicieron los Brigadistas en los campos de la España republicana, donde muchos lucharon sin siquiera dominar el idioma del lugar.


[1] Petrou, Michael (2008) “Renegades: Canadians in The Spanish War” (Renegados: Canadienses en la Guerra Española), University of British Columbia Press.

[2] Rodal, Alti (1986) Deschenes Commission of Inquiry on War Criminals http://christianactionforisrael.org/antiholo/nazican.htm

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

 Brigadistas Internacionalistas de Canadá en España

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Santos Juliá en el limbo de los justos

Pedro Luis Angosto

Después de recibir las loas de Pío Moa, máximo exponente de los seudohistoriadores revisionistas que utilizan la causa general franquista como paradigma historiográfico inalterable, el eminente historiador Don Santos Juliá, biógrafo de Azaña y premio nacional de Historia, ha entrado en el limbo de los hombres justos y equidistantes…
NUEVATRIBUNA.ES – 22.7.2010

…Como tantas otras personas acomodadas, Juliá -al que muchos leímos sin demasiado deleite pero con interés, eran otros tiempos- ha cubierto la sinuosa senda que va del trabajo por develar el pasado que nos fue negado conocer hasta la historia oficial. Difícil viaje ese, doloroso viaje cuando en él se deja el coraje y la sabiduría, cuando de investigador se pasa a pontífice y a predicar verdades absolutas que casi nadie cree pero que complacen a los que siempre estuvieron complacidos con su victoria cuartelera, cuando se pasa de hurgar en la mentira para hallar la verdad, a darle la vuelta a la tortilla para quedarse dónde muchos, como el comisario Comín Colomer, ya estaban en los años cuarenta del pasado siglo.

El 25 de junio pasado, día de Santa Eurosia, virgen y mártir, Santos Juliá publicó un lamentable artículo en el periódico narcisista El País, diario que durante muchos años fue un referente para muchos pero que hoy apenas se diferencia de su homólogo matutino ABC. En el artículo en cuestión, titulado “Duelo por la República española”, Juliá, que parece haberse apropiado de Azaña para su personal uso, erigiéndose en su máximo intérprete y sacerdote, compara a los golpistas africanistas con aquellos que decidieron ser leales a la República, a quienes tenían la obligación de mantener el orden constitucional a toda costa, por sus juramentos y por sus sueldos, con quienes defendieron de un modo u otro ese orden sin estar capacitados para ello, pues, evidentemente, no era su trabajo. El historiador asustado, temeroso de que los españoles puedan decidir alguna vez por sí mismos, sin tutelas, sin transiciones impuestas, sin vigilantes, de que puedan de una vez por todas ponerse en paz con su pasado, argumenta que tanto en uno como en otro lado se quiso exterminar al disidente ideológico y que si en la zona republicana no se mató más fue porque ya no quedaba a quien matar -¿cómo se puede decir semejante barbaridad? ¿Está el Sr. Juliá en sus cabales?-, para lo que instrumentaliza los pensamientos íntimos de Azaña y los explica a su modo como si los demás lo necesitásemos a él para leer e interpretar al extraordinario político y escritor de Alcalá de Henares. Luego aduce, increíblemente, que de no haber triunfado los africanistas, lo habrían hecho los revolucionarios, con lo cual la República habría desaparecido igualmente.

En primer lugar, en los meses anteriores a la guerra civil, la situación social de España no se diferenciaba demasiado de la que se vivía en los países europeos de nuestro entorno. La conflictividad social en Francia era tal que muchos creían próximo el estallido de una guerra civil; en Alemania mandaba Hitler después de haber acabado con la República de Weimar y con el movimiento obrero; en Italia, Mussolini, y en el resto de Estados nada estaba claro.

En segundo lugar, Azaña sintió deseos de dimitir tras los crímenes de la cárcel modelo madrileña, pero antes se había negado a firmar la detención de los golpistas que figuraban en una lista que le entregó el Director General de Seguridad, José Alonso Mallol. Azaña sentía un inmenso dolor, como la mayoría de los republicanos, al ver arder su patria después de tantos sacrificios, pero pese a ese dolor continuó presidiendo la República española hasta casi el final de la guerra.

En tercer lugar, Azaña debió dimitir al sentirse incapaz de dirigir la resistencia al fascismo. Inevitablemente, cuando quienes tenían la obligación ineludible de defender el orden constitucional republicano decidieron utilizar las armas contra ese orden, todo era posible y cualquier medida adoptada por el pueblo para atajar la traición habría sido legítima.

En cuarto lugar, como muchas veces se ha dicho, Azaña tenía en su cabeza un modelo de Estado muy parecido al de la Tercera República francesa pero adaptado a la realidad española, lo que necesariamente obligaba a afrontar de una vez por todas una justa articulación del país reconociendo las peculiaridades de cada una de sus partes y a encarar las reformas sociales de calado a las que la oligarquía se opuso con todas sus fuerzas, dentro y fuera de la Ley. Azaña fue un gran reformista para tiempos de paz, pero quiso olvidarse de que el verdadero núcleo de poder en España no estaba en la Gaceta ni en las mayorías, sino en la oligarquía tradicional y en la gran burguesía, que fueron quienes hicieron fracasar con sangre sus buenas intenciones.

En quinto lugar, jamás en la España de los años treinta habría triunfado una revolución social, primero porque no se daban las condiciones objetivas, segundo porque el Estado, de no haberse sublevado los encargados de mantener el orden, tenía resortes suficientes para controlar movimientos que nunca tuvieron una organización estatal; en tercer lugar, porque el Partido Comunista, muy minoritario antes de las sublevación, había aceptado el Estado parlamentario y no estaba por revoluciones de ningún tipo.

En sexto lugar, en cuanto los sucesivos gobiernos republicanos pudieron reconstruir medianamente el aparato del Estado cesaron los crímenes callejeros, que desde luego nunca se produjeron por órdenes de ningún ministro republicano. Me gustaría que el Sr. Juliá nos dijese quienes eran los Mola, Queipo de Llano y Franco de los distintos gobiernos republicanos.

En séptimo lugar, no fueron cincuenta mil los fusilados por Franco. La edad no es un límite para nada siempre que uno sepa barajarse, pero sí cuando se pierde la noción de la realidad y el control de la razón: A los fusilados que dice el Sr. Juliá habría que añadir, los 113.000 desaparecidos que todavía yacen en fosas, hecho sin precedentes en Europa Occidental; los ciento cincuenta mil exiliados y sus descendientes que nunca pudieron regresar a España; los miles de muertos por “enfermedad” en campos de concentración, cárceles, cuarteles y comisarías; los miles de torturados, los millones de castrados vitales e ideológicos que creó ese maravilloso régimen criminal durante décadas de opresión.

En octavo lugar sí, la transición fue el resultado de una serie de conversaciones que comenzaron en el exterior a principios de los cuarenta, pero esas conversaciones, gracias a Gran Bretaña y Estados Unidos no llegaron a ningún sitio, permitiendo que la dictadura sanguinaria se acabase por consunción, protegida como estaba por las grandes potencias democráticas. La transición tuvo su momento, pero no me venga ahora con monsergas, treinta tres años después de las primeras elecciones democráticas tenemos derecho a saber y podemos prescindir perfectamente de los manijeros de la historia.

Por último, para haber llegado al mismo lugar que Pío Moa, Zavala, Vidal, Losantos, La Cierva y compañía, podría usted, Sr. Juliá, haberse ahorrado tanto el viaje como las alforjas.

Pedro L. Angosto

NUEVA TRIBUNA –  24/07/2010Z

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Publicado un compendio de escritos de Federico Melchor, voz de Radio España Independiente y exdirector de Mundo Obrero

Del prólogo de Xavier Domènech/El Viejo Topo

Federico Melchor fue un dirigente de las Juventudes Socialistas Unificadas, fue también uno de aquellos militantes que impulsaron al principal partido de la guerra en las condiciones más duras y que, con el fin de la misma, tuvo que vivir los aciagos días del exilio y de la reconstrucción de la razón democrática. Pero, más allá de todo eso, fue una de esas personas que, como decía Giorgio Gaber: Era comunista porque necesitaba impulsarse hacia alguna cosa nueva. Porque sentía la necesidad de una moral diferente. Porque quizá sólo era una fuerza, un vuelo, un sueño, una inquietud de cambiar las cosas, de cambiar la vida. Sí, alguien era comunista porque, junto a esta inquietud, cada uno era más…más de sí mismo. Era como dos personas en una. De una parte la persona cansada de la cotidianidad y, de la otra, la persona que tenía el sentido de pertenencia a una raza que quería alzar el vuelo para cambiar verdaderamente la vida. Aún era, de todas formas, algo más. Perteneció a la generación del 36. Una de las generaciones más extraordinarias de este país, con la que tenemos una deuda eternamente pendiente. Aquella que abandonó sus sueños individuales para fundirse, desde su juventud, en los colectivos. Aquella que, como relataba Rosa Luxemburg, en una carta escrita desde prisión en los momentos iniciales de esta tradición: Necesito, por consiguiente, tener a alguien que me crea cuando digo que sólo por error danzo en el torbellino de la historia mundial. Y es que efectivamente Federico Melchor fue uno de esos militantes a los que su deseo de cambiar la vida de los demás cambió también completamente la suya.

Federico Melchor (Madrid, 1915). Desde muy joven frecuenta la Casa del Pueblo. Milita en la Juventud y el Partido Socialista. Redactor del semanario Renovación. Secretario de la J.S. de Madrid.

Miembro de la Ejecutiva Nacional de la J.S. Redactor de Claridad. Contribuye a la unidad de las Juventudes socialistas y comunistas. Miembro de la Comisión Ejecutiva de la Juventud Socialista Unificada. Capitán del Batallón Octubre. Delegado de las Fuerzas de Seguridad en la Junta de Defensa de Madrid. Pasó del PSOE al PCE.

Director general de la Subsecretaría de Estado para la Información propaganda del gobierno de Negrín. Secretario de Milicias de la JSU. Colabora en el diario Ahora. Director del diario Trincheras. Exiliado en París, edita Juventud, de la JSU. Al comienzo de la segunda Guerra Mundial es expulsado de Francia. Embarca hacia México. Redactor de España Popular y del Boletín de Información Sindical de UGT. Director de Juventud de España de la JSU en México. Tras el final de la segunda Guerra Mundial vuelve a Europa y se incorpora a la dirección de la JSU. Redactor de Radio España Independiente en Bucarest. En París, de nuevo, dirige una oficina de información del PCE y el semanario Información Española. Director de Mundo Obrero en la clandestinidad en París y en la transición en Madrid. Director de Mundo Obrero diario. Responsable de la política nacional de la revista semanal Ahora. Muere en Madrid el 11 de septiembre de 1985 a los 70 años

LA REPÚBLICA – 24/07/2010

Redacción Aragón

Presentación del libro “Federico Melchor. Testimonio de una vida. La Generación del 36 que se enfrentó al fascismo”

La FIM Rey del Corral y la librería Central han presentado hoy miércoles 9 de junio a las 19.30 h el libro “Federico Melchor. Testimonio de una vida” en la Sala Cultural de la zaragozana Librería Central.

Este libro editado por la Associació Catalana d´Investigacions Marxistes (ACIM), la Fundación de Investigaciones Marxistas (FIM) y la publicación “Mundo Obrero” narra la vida de Federico Melchor, un hombre comprometido de la Generación del 36 que se enfrentó al fascismo.

Federico Melchor (Madrid, 1915-1985)

Desde muy joven frecuenta la Casa del Pueblo. Milita en la Juventud y el Partido Socialista. Redactor del semanario Renovación. Secretario de la J.S. de Madrid.

Miembro de la Ejecutiva Nacional de la J.S. Redactor de Claridad. Contribuye a la unidad de las Juventudes socialistas y comunistas. Miembro de la Comisión Ejecutiva de la Juventud Socialista Unificada. Capitán del Batallón Octubre. Delegado de las Fuerzas de Seguridad en la Junta de Defensa de Madrid. Pasó del PSOE al PCE.

Director general de la Subsecretaría de Estado para la Información propaganda del gobierno de Negrín. Secretario de Milicias de la JSU.

Colabora en el diario Ahora. Director del diario Trincheras. Exiliado en París, edita Juventud, de la JSU. Al comienzo de la segunda Guerra Mundial es expulsado de Francia. Embarca hacia México. Redactor de España Popular y del Boletín de Información Sindical de UGT. Director de Juventud de España de la JSU en México. Tras el final de la segunda Guerra Mundial vuelve a Europa y se incorpora a la dirección de la JSU.

Redactor de Radio España Independiente en Bucarest. En París, de nuevo, dirige una oficina de información del PCE y el semanario Información Española.

Director de Mundo Obrero en la clandestinidad en París y en la transición en Madrid. Director de Mundo Obrero diario. Muere en Madrid el 11 de septiembre de 1985 a los 70 años.

El acto ha sido presentado por Joaquín Casanova y han intervenido José María Ballestín (director de la FIM Rey del Corral), Juan Garuz, Emilio Lacambra, José Ramón Marcuello y ha finalizado con la intervención y lucidez del carismático comunista Armando López Salinas (militante PCE).

Al final del acto se ha servido un vino.

Intervención de A. López Salinas. Presentación de “Federico Melchor. Testimonio de una vida” http://fimreydelcorral.blip.tv/

Ni Iglesias ni Gallego asistieron al entierro de Federico Melchor

Ni el secretario general del Partido Comunista de España (PCE), Gerardo Iglesias, ni el del Partido Comunista (PC, escindido de aquél), Ignacio Gallego, asistieron ayer en el cementerio de la Almudena, en Madrid, al entierro de Federico Melchor, ex director de Mundo obrero y militante comunista enclavado en el sector que encabeza el ex secretario general Santiago Carrillo.Carrillo fue la figura más representativa de las que acudieron al cementerio. El ex dirigente del PCE, con lágrimas en los ojos, pronunció unas palabras de adiós -“a mi más viejo y fiel amigo”- ante la tumba de Melchor, en torno a la cual se congregó un amplio grupo de personas.

Entre los dirigentes del PCE que asistieron al acto figuraban también Simón Sánchez-Montero, Francisco Romero-Marín, José Sandoval y Andreu Claret. Este último comentó, en relación con la ausencia de Iglesias: “No sé qué le habrá pasado. A lo mejor está fuera de Madrid”. Claret adujo también el adelanto del entierro sobre la hora prevista para justificar algunas de las ausencias mencionadas. “Lo cierto es que el entierro estaba previsto a las nueve de la mañana y se celebró un cuarto de hora antes, porque llegó el féretro con antelación. Por eso, cuando yo abandonaba el cementerio, a las 9.05, llegaba mucha gente que habría querido sumarse al acto”. El entierro, que duró poco más de 20 minutos, tuvo un momento de máxima emoción cuando Santiago Carrillo, tras evocar brevemente la figura de Melchor, declaró: “Seguiremos el camino que tú has seguido, seremos fieles a tu recuerdo y memoria, no podremos olvidarte nunca. Adiós, Federico. Adiós”. A continuación, los asistentes al acto entonaron La Internaional, interrumpida por la voz de, una mujer que gritó: “Viva la unidad de los comunistas españoles”. Una parte de los asistentes secundó el grito, mientras otros reclamaron silencio.

Un hombre bueno

Tras el entierro, Santiago Carrillo tuvo unas palabras para glosar la figura de Federico Melchor. “Como comunista”, dijo, “es un ejemplo. Desde los 17 años luchó por la unidad obrera. Ingresó en las filas del partido cuando aquí no se venía a ser diputado ni a ostentar cargos públicos, en la época de la defensa de Madrid”, añadió. “Era incapaz de odiar”, continuó diciendo el ex dirigente del PCE. “Podía combatir por sus ideas políticas, pero sin hostilidad ni rencor. Era un hombre bueno en el sentido más noble de la palabra bueno”.Federico Melchor falleció el pasado día 11 en Madrid, a consecuencia de un paro cardiaco que le sobrevino cuando se encontraba en la revista Ahora, de la que era redactor. Melchor había nacido en Madrid en 1915 e ingresó en el Partido Comunista de España en 1936, en plena defensa de Madrid, al igual que Santiago Carrillo. Exiliado después de la guerra civil, continuó su militancia comunista y fue elegido miembro del Comité Central del PCE y del Comité Ejecutivo. Periodista de profesión, fue redactor de Renovación y de Claridad, y director de Mundo Obrero, publicación oficial del PCE, hasta 1974. EL PAIS – 14/09/1985

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Héroes de la República insepultos en el Ebro

Ni tan siquiera tirados en fosas clandestinas, directamente insepultos, a la intemperie. Fémures y cráneos aquí y allá, apareciendo detrás de cualquier arbusto; en no pocas ocasiones ocupando los mismos lugares en los que fueran destrozados por los obuses alemanes e italianos que auxiliaron a Franco.

Así se encuentran todavía numerosos defensores de la República española en las tierras altas del Ebro, tal y como recogía este fin de semana El País, al informar de excursionistas y vecinos que habían ido reuniendo, en más de 600 trozos distintos, los restos mortales dispersos de “unos 63” combatientes republicanos caídos durante la batalla del Ebro de 1938. En la línea de las terribles, imposibles de creer, imágenes emitidas por Telecinco hace ya más de un año, que tampoco pueden ser olvidadas.

Que estemos hablando de personas que se dejaron la vida en una de las batallas más desesperadas y cruentas que se recuerden en España, que lo hicieran en defensa de la Constitución, de nuestras libertades, de nuestro futuro,…que en cualquier otro lugar civilizado serían honrados como héroes…parece que poco importa.

Llevan más de 70 años allí tirados, directamente a la intemperie; incluida la cuenta de los más de veinte años desde que nuestro “Estado de Derecho” ratificase, en abril de 1989, el Segundo Protocolo a la Convención de Ginebra, cuyo elemental artículo 8 no podría resultar más claro en relación con los ineludibles deberes legales de Estado de búsqueda y trato decoroso de los restos mortales de los combatientes:

Artículo 8 – Búsqueda. Siempre que las circunstancias lo permitan, y en particular después de un combate, se tomarán sin demora todas las medidas posibles (…) para buscar a los muertos, impedir que sean despojados y dar destino decoroso a sus restos.

Medidas “sin demora” para “dar destino decoroso a sus restos”…no cabe duda, los desaparecidos en combate, son los desaparecidos entre los desaparecidos; y en nuestro país más. Sea en los escenarios bélicos del Ebro o en cualesquiera otros.

Las normas internacionales de referencia de los “desaparecidos en combate” podrán no ser las mismas que ante las desapariciones forzadas, pero el dolor y la interminable espera de sus familiares ante la angustia del ser querido desaparecido del que nunca más se supo – la ausencia del lugar de reposo donde recordarles y honrarles – sí que lo es.

Pero – como ante el Convenio Europeo de Derechos Humanos, Nuremberg y todo lo demás – el Segundo Protocolo a la Convención de Ginebra, el artículo 8 más arriba citado, tampoco vale en España. La Convención de Ginebra…

Qué terrible vivir en un país tan poco serio en el que se hace necesario argumentar y reclamar a nuestras autoridades por qué “sería mejor” – y más decente – cumplir con los tratados absolutamente fundamentales firmados por España…les dé o les quite votos a nuestros gobernantes…

Qué terrible que hasta la derecha democrática de otras naciones civilizadas como la de la Alemania de Ángela Merkel haya entendido que el cumplimiento de tales tratados internacionales en materia de derechos humanos – la nulidad de las “sentencias” del nazismo y todo lo demás – no es algo meramente optativo, no es ni de izquierdas ni de derechas…mientras que los actuales dirigentes de nuestro partido socialista todavía no lo hayan hecho…

Qué terrible la actuación de los ayudantes de la impunidad, aquellos dentro del PSOE siempre dispuestos a justificar, violación tras violación del derecho internacional – vergüenza tras vergüenza –, el trato inhumano a estas personas cuyos derechos se siguen negando de todas las formas posibles… la actuación de aquellos que ponen todos los paños calientes del mundo en nombre del PP que se avecina, de lealtades de partido mal entendidas, de la “responsabilidad de gobierno”, y no sé que más. Y eso que siempre creí que una de las primeras responsabilidades de gobierno, de cualquier gobierno, era justamente la de garantizar los derechos humanos tal y como vienen recogidos en el derecho internacional: tal y como dice el artículo 10.2 de la Constitución española o su artículo 96…ni más ni menos… cumplir nuestra Constitución debe ser también algo gravemente incompatible con la responsabilidad de gobernar, como lo del Convenio Europeo de Derechos Humanos…cosa de izquierdosos o de quienes quieren parecerlo…

¿Qué es lo que pasa en este país cuando se puede incumplir todo el derecho internacional perpetrando comportamientos verdaderamente infames desde nuestras propias instituciones, y el mero hecho de exigir la normal observancia de las leyes de humanidad – como la de no dejar a miles y miles de personas tirados como perros – resulte ser “guerracivilismo”, “ir de rojo”, o lo que se les ocurra?

¿Qué es lo que pasa cuando, ante el frío hecho de los cientos de cuerpos a la intemperie en el Ebro, el gobernante de turno del PSOE se puede ir públicamente de rositas con cualquier chascarrillo feliz como “sentirse absolutamente cercano a las víctimas”, o directamente mintiendo a la ciudadanía de forma descarada diciendo cosas como que la sentencia de Blas Infante ya no existe en virtud de la “ley de la memoria”?.

Y, con todo, esa imagen de esos cientos de cuerpos insepultos en el Ebro no nos habla ya, únicamente, de un Gobierno que será largamente recordado por sus hazañas en materia de justicia universal – que sí que sobrevivió a Aznar, pero que, paradójicamente, no lo hará a Zapatero… – y una impactante cobardía moral que resulta inevitable criticar, sino que nos habla de algo más de fondo, casi antropológico, aún pendiente en nuestra misma sociedad.

Homero lo recrea en el canto XXIV de su Iliada, el titulado Rescate de Héctor, cuando Príamo, Rey de Troya, acude en la noche a suplicarle a Aquiles la restitución de los restos profanados de su heroico hijo, defensor de la ciudad – valiente y digno en la lucha, salvajemente arrastrado después de vencido a los mismos pies de las murallas –, con el único fin de poder honrarlos y darles digna sepultura. En nuestro caso los restos mortales de nuestros héroes han quedado ahí tirados, sin más, sin medio remordimiento de conciencia de ninguna autoridad estatal; no ya únicamente durante toda la dictadura, sino durante todo lo que llevamos de democracia, Gobierno tras Gobierno, a lo largo de este ininterrumpido reinado de un mismo monarca que nunca ha mostrado un ápice de esa misma humanidad de Príamo para con nuestros propios vencidos en los últimos 35 años…

Esos maltratados restos de nuestros propios héroes representan, al mismo tiempo, algo profundo y pendiente en el seno de nuestra propia sociedad postgenocidio, en la decencia de nuestros gobernantes y respecto de cualquier idea de dignidad democrática que nuestras propias instituciones pretendan encarnar, ¿cómo podrían resultar verdaderamente dignas las unas sin los otros, mientras estos últimos continúan tirados a la intemperie?.

En uno de esos votos particulares que le recuerdan a uno por qué y para qué se estudia derecho – el formulado por el magistrado Cançado Trindade en el conocido caso Bámaca Velásquez contra Guatemala en sede de la Corte Interamericana – se nos recuerda:

“La solidaridad humana se manifiesta en una dimensión no sólo espacial – es decir, en el espacio compartido por todos los pueblos del mundo, – sino también en una dimensión temporal – es decir, entre las generaciones que se suceden en el tiempo, tomando el pasado, presente y futuro en conjunto. Es la noción de solidaridad humana, entendida en esta amplia dimensión, y jamás la de soberanía estatal, que se encuentra en la base de todo el pensamiento contemporáneo sobre los derechos inherentes al ser humano”, “lo que concebimos como la especie humana abarca no sólo los seres vivos (titulares de los derechos humanos), sino también los muertos (con su legado espiritual). El respeto a los muertos se debe efectivamente en las personas de los vivos. La solidaridad humana tiene una dimensión más amplia que la solidaridad puramente social, por cuanto se manifiesta también en los lazos de solidaridad entre los muertos y los vivos (…) En definitiva, los vivos y los muertos encuéntranse mucho más vinculados de lo que uno pueda prima facie suponer, y esta realidad no puede seguir siendo ignorada por el Derecho Internacional de los Derechos Humanos en evolución”.

No hay rescate de Héctor entre nosotros, yace aún profanado por la furia de Aquiles más allá de las leyes de los hombres o de los dioses.

Seguimos, en este país, sin noticias de Príamo.

Miguel Ángel Rodríguez Arias es profesor de Derecho Penal Internacional de la Universidad de Castilla-La Mancha, autor del libro “El caso de los niños perdidos del franquismo: crimen contra la humanidad” y otros trabajos pioneros sobre desapariciones forzadas del franquismo que dieron lugar a las actuaciones de la Audiencia Nacional.

LA REPÚBLICA – 10/5/2010

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En la Guerra Civil de Cartier-Bresson

REPORTAJE

Un investigador español halla en Nueva York la película que el fotógrafo filmó sobre la Brigada Lincoln en Quinto de Ebro – El material se creía perdido desde 1938

JESÚS RUIZ MANTILLA – Madrid – 14/05/2010

Los héroes de la Brigada Lincoln no llevaban uniforme. Tampoco iban rapados al cero y muchos, en vez de casco, usaban gorros de lana para rascarse el frío a la orilla del Ebro. Los voluntarios de la Brigada Lincoln eran idealistas y parranderos. Fumaban, reían, cantaban y para ellos carecía de importancia el miedo. Peor era dejar pasar a los fascista

Venían de Estados UniCartier-Bresson, con los brigadistas

dos, Canadá, Gran Bretaña. Muchos fueron parte importante de los 2.800 americanos de las Brigadas Internacionales y participaban en varios batallones. Los que caían en el frente eran sustituidos en la formación por españoles del ejército republicano. Su contribución a la guerra, entre 1937 y 1938, fue filmada por el fotógrafo Henri Cartier-Bresson en un documental que se daba por perdido. Juan Salas, investigador de la Universidad de Nueva York, lo ha encontrado tras una búsqueda de años. Se titulaCon la Brigada Lincoln en España y el 27 de mayo verá la luz en la Filmoteca Española.

No fue el único trabajo que Cartier-Bresson hizo sobre la Guerra Civil. En total, filmó tres documentales: Victoria de la vida y España viviráson los otros dos. Se proyectarán también en la Filmoteca. El cine fue un amante esquivo para aquel rey de la fotografía que fundó, tras la Segunda Guerra Mundial, la agencia Magnum. “Al principio le fascinaba, pero después se decepcionó por la lentitud del proceso”, comenta Salas.

Cartier-Bresson, Herbert Kline y Jacques Lemare

Del poder inmediato de una foto a la labor de meses requerida por un documental podía mediar un tiempo precioso para remover conciencias. Cartier-Bresson quiso aprender cine fascinado por Buñuel. “Incluso intentó ser ayudante de dirección suyo”. Pero don Luis le rechazó. Algo que no hizo después Jean Renoir, para quien trabajó de asistente en Una salida al campo y La vie est a nous. Aun así, en sus documentales españoles se aprecia la huella de Las Hurdes, por ejemplo. “Buñuel fue una influencia evidente. Ésa y la de otros artistas de la revista Documents o directamente del cine soviético”.

Motivado con esa nueva arma de la comunicación, Cartier-Bresson quiso arrimar el hombro. Estudiaba cine documental en Nueva York con Paul Strand, uno de los artistas de izquierdas más activos en al apoyo a la República Española en la ciudad. “Rápidamente le dijo que contactara con Herbert Kline en París y que escribieran un guión”.

Lo hicieron juntos y se presentaron al lado de Jacques Lemare en el frente del Ebro. Con sus cámaras Eyemo (70 A) de 35 milímetros. “La idea era filmar el día a día de los voluntarios, mostrar la diversidad de procedencias, los atuendos. Como una fuerte motivación política podía suplir la disciplina de un ejército regular y ser efectivos”. La película muestra cómo vivían, qué comían, cómo se bañaban y la distinta suerte que corrían en el frente.

Todo eso y más en 18 minutos. Pero también incluye imágenes de ciudadanos leyendo en la calle. “Ensalzaban los logros de la política educativa de la República”. Aunque el grueso se centra en el día normal de un batallón. Con sus glorias y sus miserias. Su indestructible mentalidad y su incierta suerte. Hay escenas de camaradería y sacrificio. Imágenes que captan el jolgorio, el frío pelón, la sopa aguada, el pan gomoso y un aire anárquico en la organización y las arengas con que trataba de insuflar ánimos Robert Merriman, profesor de Económicas de la Universidad de California, que fue comandante de la Lincoln. También hay sangre. La lucha, las bombas y los hospitales de Villa Paz, en Saelices, y Benicàssim. “Se filmó para recaudar fondos que ayudaran a repatriar los heridos a EE UU”.

Llegaron tarde, pero se estrenó. “Fue el 21 de mayo de 1938 en el cine Cameo de la calle 42”. Después, la película desapareció. Hasta Pierre Assouline, biógrafo de Cartier-Bresson, la dio por destruida en el libro que le dedica a la vida del fotógrafo. Eso no evitó que a Juan Salas le picara la curiosidad.

Descubrió el material en las oficinas que todavía tiene la Brigada en Nueva York. Cotejó con unas fotos que Harry Randall, sargento del batallón, había hecho el día que los tres documentalistas llegaron a Quinto de Ebro y resolvió el enigma. “Las fotos de los cineastas cámara en mano hechas por los voluntarios muestran a estos filmando escenas que aparecen en el documental. Fue lo que me permitió probar que es la película de Cartier-Bresson”.

Entre los fotogramas de Con la Brigada Lincoln en España hay otra curiosidad: planos de Robert Capa que Juan Salas ha descubierto por otra parte. La culpa es de un campesino y su horca de madera. Habían encargado a este profesor madrileño de la NYU un artículo sobre algún aspecto de la famosa maleta del fotógrafo. “El campesino de una de las imágenes aparecía en la película”. Con el mismo gesto, la misma herramienta, el mismo traje. Las fotos de ese día y las imágenes son las mismas. Como era amigo de Cartier-Bresson le debió ceder su material para la película”.

Fue un trabajo de concienciación, de lucha, de compromiso. No se preocupaban de la autoría. Todo valía. “Aunque sí hay una voluntad de estilo, también una narrativa coherente y una estructura clara. Era un arma política”. Hay travellings inversos y curiosos primeros planos. Más tratándose de un fotógrafo que resaltaba las tomas medias. En ellas se aprecia vida, sonrisas y barbas cerradas. También muerte y heridas. Luces y sombras de una memoria que no se debe extinguir.

La odisea de un instante

– Con la Brigada Lincoln en España, película perdida de Henri Cartier-Bresson sobre la Brigada Lincoln y hallada en Nueva York, dura 18 minutos.

– Se estrenó el 21 de mayo de 1938 en el cine Cameo,

de la calle 42 de Manhattan. Después, el material desapareció.

– Hasta Pierre Assouline, biógrafo de Cartier-Bresson, daba por hecho en un recuento sobre la vida del fotógrafo que el celuloide estaba perdido para siempre.

– Juan Salas encontró

los rollos en la oficina neoyorquina de la Brigada Lincoln.

EL PAIS – 14/05/2010

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Ocultaron un Manifiesto de la República detrás de una foto de Franco durante 40 años

17 de Mayo de 2010

Durante más de 40 años un retrato del dictador Francisco Franco en la ciudad de Sahagún llevó ocultó por detrás  un documento que reconocía al municipio por haber sido el segundo del país en proclamar la II República. La historia la revela el Diario de León, que inlcuye una foto del manifiesto y cuenta como lo encontraron, tras la llegada de la democracia, funcionarios públicos al retirar el retrato del “Generalísimo” que había presidido durante cuatro décadas el salón de plenos del ayuntamiento.

(Foto: Flickr/Iesluisvelez)

Se trataba de una declaración del Gobierno de la República otorgando a Sahagún, en el año 1931, el título de “muy ejemplar ciudad” al haber sido su alcalde, Benito Pamparacuatro, el segundo del país, después del de Eibar, en declarar la abolición de la monarquía de Alfonso XIII y la implantación de la II República Española.

La imagen de Franco y este manifiesto republicano “convivieron” pegados durante 40 años. El documento decía “concurriendo en la ciudad de Sahagún circunstancias análogas a las que determinaron el Decreto de 29 de abril del corriente año, por el que se rendía homenaje de justicia a las ciudades de Jaca y Éibar, y mereciendo también un reconocimiento público y perdurable la despierta civilidad de Sahagún, que proclamó la República en la madrugada del 13 al 14 de abril, con espontáneo y vibrante gesto de civismo y democracia…”.

El alcalde de Sahagún tras las elecciones del 12 de abril de 1931 fue Benito Pamparacuatro cuyo segundo apellido, ironicamente era… Franco. A las 7h30 de la mañana del 14 de abril, aunque aun no había sido nombrado alcalde oficialmente,  proclamó la República en el municipio colocando en el balcón del Ayuntamiento la bandera tricolor. Tras el golpe de estado del 18 de julio de 1936 Pamparacuatro fue recluido en San Marcos y asesinado por militantes de la Falange. Tenía 39 años.

Radiocable.com

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Nueva obra subraya esfuerzos diplomáticos de la República española en México

EFE

México fue el único país occidental que mostró un apoyo sin concesiones a la República en guerra contra las fuerzas franquistas, lo que llevó a los diplomáticos españoles a sentar, sin acabar aún el conflicto, las bases del futuro exilio republicano, explica el historiador Ángel Viñas en su último libro.

Este catedrático y diplomático ha dirigido la obra coral “Al servicio de la República, diplomáticos y guerra civil”, que reúne los trabajos de ocho historiadores, entre ellos él mismo, sobre la labor de la poco conocida diplomacia republicana en tiempos de la Guerra Civil española.

Uno de esos estudios es el del historiador Abdón Mateos, que abunda sobre los esfuerzos diplomáticos españoles realizados en esa época en México, y sobre los que también comenta Viñas en una entrevista con Efe.

Según subraya Viñas, este libro, impulsado por el actual ministro de Asuntos Exteriores, Miguel Ángel Moratinos, quiere “recuperar la memoria de los hombres y mujeres del servicio exterior español que sirvieron fielmente a la República”.

El catedrático explica que el principal reto con el que se encontró el menguado servicio diplomático de la República al comienzo de la Guerra Civil fue el tratar de convencer a los principales gobiernos occidentales de que tomaran partido en contra de las tropas rebeldes lideradas por el general Francisco Franco.

El objetivo era obtener no sólo apoyo político internacional, sino sobre todo recibir material de guerra con el que armar al caótico ejército republicano.

Fue entonces cuando la República descubrió que tenía menos amigos exteriores de los que creía y que la mayor fidelidad la encontraba precisamente en México, antes de que llegara la Unión Soviética con mucho apoyo, pero con unos intereses bien marcados.

México, destaca el catedrático español, “suministraba armas en la medida de lo posible, pues no era un país con mucho armamento”.

No obstante, subraya el catedrático de la Universidad Complutense de Madrid, pronto las embajadas y representaciones de México en el exterior “se pusieron al servicio de la República para canalizar las compras de armas” y el suministro de “productos alimenticios que hacían mucha falta en España”.

Viñas insiste en que “más importante fue el apoyo político y diplomático” de México hacia la España republicana.

“En la Sociedad de Naciones son pocos los que hablaban a favor de la República española. México lo hace desde el primer momento”, resalta el autor de “La Alemania nazi y el 18 de julio”, y “El oro español en la Guerra Civil”.

Según Viñas, esta buena sintonía entre el régimen republicano y el Gobierno mexicano facilitó los contactos que algunos diplomáticos del Madrid sitiado por las tropas franquistas mantuvieron con el Ejecutivo de Lázaro Cárdenas para despejar el camino de un futuro exilio español en el país azteca.

El que era presidente del Gobierno de la República desde 1937, Juan Negrín, mandó en 1938 a México a Juan Simeón Vidarte, uno de sus hombres de confianza, “a que hiciera una exploración con el presidente (Lázaro) Cárdenas para ver si éste estaba dispuesto a aceptar la entrada masiva de republicanos españoles, previendo ya entonces la derrota”, señala Viñas.

“Cárdenas, desde luego, dice que sí. México fue uno de los países que desde el primer momento acepta esa llegada (de exiliados), aunque al principio de manera discreta para no fomentar el derrotismo en España”, agrega.

El autor de la Trilogía sobre la Guerra Civil Española (“La soledad de la República”, “El escudo de la República” y “El honor de la República”) cuenta que por entonces el papel de Negrín “no estaba ya en conseguir la victoria”.

Negrín quería simplemente “mantener la resistencia: primero para ver si podía lograr que las potencias occidentales imponían un armisticio a Franco y, segundo, para que esos países pudieran darse cuenta de que el enemigo no era la URSS sino el fascismo” y nazismo de Italia y Alemania.

El entonces presidente legítimo de España “tenía razón al adoptar esas estrategias. Lo que ocurrió es que la República no resistió”, ni siquiera con el apoyo de aliados como la URSS o México, describe Viñas

 ADN.es  /  08/06/2010

Editado por Marcial Pons Historia

Al servicio de la República. Diplomáticos y guerra civil

Ocho reconocidos historiadores españoles se han dado cita en esta obra colectiva para documentar el cerco al que se vio sometida la República por parte de las democracias occidentales y que desembocó en la imposibilidad de obtener armamento y apoyo diplomático salvo de la Unión Soviética y de México. El lector encontrará una reconstrucción de las consecuencias administrativas y orgánicas que la sublevación militar produjo en el servicio exterior español. Se examinan las actuaciones republicanas a través de las embajadas más importantes (Londres, París, Washington, Moscú, Praga, Berna y México) y aspectos hasta ahora desconocidos, como la composición y desarrollo de una nueva carrera diplomática o el revés sufrido por la diplomacia del gobierno republicano en la capital británica. Sobre todo ello gravita el problema con que se enfrentaron los grandes cuerpos del Estado y el diplomático en particular: ¿hacia dónde debían tender sus lealtades? Esta novedosa investigación se publica como homenaje a quienes no dudaron en situarse del lado del que entonces fuera el Gobierno legítimo.

La obra incluye un prólogo de Miguel Ángel Moratinos, ministro de Asuntos Exteriores, y textos de Julio Aróstegui, titulado “De lealtades y defecciones. La República y la memoria de la utopía”; de Ángel Viñas, sobre “La gran estrategia política exterior de la República”; de Enrique Moradiellos, con título “La embajada en Gran Bretaña durante la guerra civil”; de Ricardo Miralles, centrado en “El duro forcejeo de la diplomacia republicana en París. Francia y la guerra civil española”; de Soledad Fox, titulado “Misión imposible: la embajada en Washington de Fernando de los Ríos”; de Elena Rodríguez Ballano, sobre “Un socialista y una atalaya del SIDE en Berna”; de Matilde Eiroa, centrado en “La embajada en Praga y el servicio de información de Jiménez Asúa”; y de Abdón Mateos, sobre “Gordón Ordás y la guerra de España desde México”.

Ángel Viñas, que ha dirigido esta edición, es catedrático de la Universidad Complutense. Historiador de la guerra civil y el franquismo, ha compaginado tareas diplomáticas en España y la Unión Europea con una intensa labor publicística que se ha reflejado en los últimos diez años en media docena de libros individuales, tres como coautor y dos más como editor.
Infoenpunto.es  /  06/06/2010

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