Sin héroes en la resistencia

El periodista Manuel Chaves Nogales escribió en 1940 La agonía de Francia, que ahora se recupera, en el que cargó sin piedad contra la falta de oposición al fascismo

PEIO H. RIAÑO MADRID 08/04/2010 

A Manuel Chaves Nogales la Gestapo lo había incluido en sus listas, posiblemente tras la entrevista que hizo a Joseph Goebbels, ministro de propaganda nazi, al que calificó en el artículo de “ridículo e impresentable”. Corrían los primeros años de la década de los treinta y ya sentía un acentuado rechazo por cualquier forma de totalitarismo. Había publicado Juan Belmonte, matador de toros, su vida y sus hazañas y ejercía como director del diarioAhora.

Adolf Hitler durante la toma de París, en 1940. El arquitecto del régimen Albert Speer a su izquierda.- Getty Images

Diez años más tarde se refugiaba en Londres, tras escapar primero de la Guerra Civil española en noviembre de 1936 y de los nazis, después, en 1940, cuando las tropas estaban a un mes de tomar París. Fue lúcido hasta para salvar el pellejo.

El libro señala al egoísmo feroz y desesperado de los franceses

Su mujer embarazada y su hija estuvieron poco tiempo en el París ocupado, disimulando como pudieron con banderas franquistas en el balcón. Regresaron a España y se refugiaron en Sevilla, pasando por Irún. No volverían a ver al periodista nunca más, porque en 1944 muere de apendicitis.

El autor de A sangre y fuego (publicado en Chile en 1937) trabajó en el texto de La agonía de Francia durante su exilio en Londres. El libro fue publicado en 1941 en Montevideo y rescatado por Libros del Asteroide, que lo publica la semana que viene. Mientras escribía su columna en el Evening Standard, colaboraba con la BBC y dirigía The Atlantic Pacific Press Agency, se entregó a analizar el desplome de Francia ante el ejército nazi, con una implacable visión de la sociedad francesa, descubriendo síntomas y señalando culpables.

Como señala Xavier Pericay, en el prólogo de la recuperación del libro de ensayos breves La agonía de Francia, “en 1940, con sólo 43 años a cuestas, Chaves Nogales es ya un periodista como la copa de un pino, que ha dirigido con éxito el diario de mayor tirada de la Segunda República española, que ha creado escuela y que se ha ganado, gracias a sus trabajos, un merecido prestigio entre sus colegas europeos”. A esa edad ya había escapado a dos hundimientos: al de la democracia española y la francesa.

Es una implacable visión de la falta de valentía del pueblo francés

Por eso no hay paños calientes en la reconstrucción de los hechos históricos que hablan de la ocupación francesa. Ni homenajes, ni héroes, ni mártires de la Resistencia que mostrasen a un pueblo comprometido en la lucha contra el invasor. El diagnóstico de Chaves Nogales es tan polémico y duro hoy como hace 70 años. No deja títere con cabeza, no suelta lágrimas por nadie y no contribuye a cerrar las cicatrices de la vergüenza con falsos testimonios. Él estaba allí y escribió con tanta valentía, como con calentura.

El triunfo del egoísmo

Manuel Chaves Nogales se muestra irritado e iracundo. Estaba especialmente herido, para él Francia era la cumbre de la civilización europea. Él, que llegaba de sufrir cientos de bombardeos en Madrid, se encontró en París con la rendición de la ciudad tras el primer ataque aéreo. No soportaba que el pueblo francés prefiriese la esclavitud a la guerra.

Estaba en las listas de la Gestapo. Llamó a Goebbels impresentable

“Este egoísmo feroz, desesperado, egoísmo rayano en el heroísmo, ha sido acaso la razón fundamental de la catástrofe de Francia”, concluye al ver que la “masa popular francesa” de entonces estaba formada únicamente por la suma de todos estos egoísmos individuales. Revisa las causas y no entiende cómo es posible que sea “más fácil y menos peligroso” suprimir al pueblo sus libertades o su dignidad, “que una línea de autobús”.

A lo largo de los ocho capítulos en los que repasa el porqué del abatimiento francés, se muestra agrio ante el conformismo que ha arrastrado al espíritu francés a entregarse sin rebelión al totalitarismo que mancha Europa. De hecho, emplea la más cruda ironía, en el límite del cinismo, para describir cómo París “fue conquistado por los agentes de la porra”, por los agentes alemanes de avanzadilla de los carros de asalto de la primera división motorizada, que les ordenaban el tráfico.

La guerra podrida

“Francia estaba tan deshecha que se derrumbaba con un soplo”

El desenlace de la tragedia fue fulminante: “Después de diez meses de simulacro de guerra, de guerra podrida, como se la ha llamado, Francia estaba tan deshecha que se derrumbaba con un soplo como un castillo de naipes”. Esto es lo que más dolía a Chaves Nogales, la falta de defensa que mostró el pueblo y el gobierno francés. Porque en el libro no exculpa a nadie: desde la aristocracia al proletariado, todos reciben un lúcido descargo de reproches.

Francia murió en una tarde de domingo, banal, apacible y radiante. La Francia en la que él creía se había hundido para siempre, entre “la indiferencia absoluta de una gran ciudad alegre y confiada”, entre la pereza de la muchedumbre endomingada, sin contar con el apoyo de un ejército preparado y dispuesto a todo por la defensa de la democracia.

“Parecía que el ejército francés en vez de ser una escuela de virtudes heroicas actuaba como una trituradora de humanidad. La inclinación antidemocrática de la mayoría de los jefes les llevaba a convertir a las masas de ciudadanos que se les entregaban en una papilla humana repugnante”, escribe valiente.

“La indiferencia absoluta de una gran ciudad alegre y confiada”

El autor pone oído además de fusta y colorea estas crónicas con anécdotas como la de un joven pintor de gran talento movilizado para defender a Francia de la amenaza nazi. Fue llamado por su comandante para encargarle la decoración de una gran sala en la que sería instalado el hogar del soldado. “Pínteme usted en las paredes algo que sea divertido y patriótico, para que los muchachos estén alegres y tengan buena moral”, le dijo el comandante. “Yo no sé pintar nada divertido y patriótico”, replicó el pintor. “¿Pues no es usted pintor? ¿Qué pinta entonces?”, a lo que el soldado le contestó altivo, “pintura abstracta”.

El comandante, dándolo por perdido: “Pinte usted lo que le dé la gana con tal de que no sea comunista. Como me pinte usted algo que huela a comunismo lo encierro en el calabozo durante dos meses. ¡Ah! ¡Y ponga usted banderitas, muchas banderitas tricolores”.

Al escritor le venció el clima moral de una Francia que no esperaba encontrarse ni en sus peores pesadillas. Encontró una sociedad convencida de la inutilidad de todo esfuerzo colectivo, respiraba un ambiente de claudicación y un “sentimiento de derrota en las masas francesas”. “Jamás un pueblo ha querido engañarse a sí mismo con tan firme voluntad. No era sólo que sus dirigentes practicasen la política clásica del avestruz. Era que el pueblo mismo la exigía y la aplaudía”, apunta.

Al autor le venció el clima moral de una Francia que no esperaba

Sin embargo, la rabia no suele ser rentable y Chaves Nogales comete alguna imprudencia por generalizar desde la ira, cuando, por ejemplo, señala que el francés “es siempre más inteligente que el alemán y menos impresionable que el italiano”. Y que a pesar de su inteligencia le han faltado otros atributos “para poder ganar”. Él dice convicción, pero sólo le faltó añadir las tan aclamadas virtudes españolas en este sentido

Tampoco se detiene al señalarse como el único que se atrevió a decir que el pueblo francés se hizo indigno de su régimen democrático, ni al pedir más guerra y menos exiliados, a pesar de ser él uno de ellos: “En la guerra actual los países sucumben no por los ciudadanos que matan las bombas de los aviones enemigos en las fábricas, sino por los ciudadanos que se salvan a costa de abandonar la función que les estaba encomendada por humilde y pacífica que fuese”.

Para Manuel Chaves Nogales la falsa solidaridad, el egoísmo y la falta de cooperación que hizo huir a la población de la amenaza de guerra, es decir, de la muerte, fue la falta que menos indulgencia le produjo. “Todo el mundo quería hacer la guerra sentado en una cómoda butaca”, escribió quien murió meses antes de que el ejército nazi cayese derrotado en toda Europa.

 PUBLICO.ES

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